
Cruzada de María 2026
Cruzada de María 2026
Por el P. Juan Pablo Cruz, Padres de Schoenstatt
16 días caminando por la Cordillera de Los Andes, 420 kms. 133 jóvenes más algunos sacerdotes y seminaristas
Son las 04.20 AM del 16 de enero y suenan las alarmas para comenzar nuestra peregrinación. Hay temor en el ambiente, cuesta proyectarse en el tiempo y pensar ¿seré capaz?, ¿seremos capaces? Pero bueno, ya nos embarcamos, no queda otra. Esa pequeñez nos devuelve a lo esencial, solos no podemos, vamos con María, vamos de Santuario a Santuario y vamos a pasar por el Cristo Redentor. Ese es el verdadero lugar de nuestra esperanza. Una esperanza en que esta obra es divina y Dios nos acompaña.
El lema se vuelve clave: “Peregrinos en Alianza, levanta el corazón”. Vamos en alianza, unos con otros, pero sobre todo con nuestra Madre, que se ocupará de todo.

Luego de que cada uno se levantó y dejó sus cosas cerca del camión para ser cargadas, tomamos desayuno, un poco de pan y leche o agua caliente para un té. A continuación nos reunimos para la oración de la mañana que viene con un impulso, una especie de arenga, clave para despertar y salir con ánimo.
La primera hora de camino es en silencio, la idea es conectarse con uno mismo, nos insisten en que no es una proeza física, sino un viaje al corazón, un viaje al encuentro con uno mismo, con las propias preguntas, con respuestas, con ese Dios que va resonando en el interior, para eso es necesario callar.
Al terminar esa primera hora, nos hidratamos y sacamos unas barritas de frutos secos con chocolate, la idea es tener la suficiente energía para el trayecto. Desde ahí en adelante nos vamos conversando, conociendo gente por el camino, compartiendo experiencias sobre la juventud de Schoenstatt o simplemente hablando de lo que sea. Así vamos caminando 1 hora y parando 15 minutos para juntar al grupo, comer y beber. En la tercera parada se nos invita a rezar el Rosario, eso nos ayuda a hacer conscientes esas peticiones de mucha gente que nos dijo, reza por tal o cual intención…
El camino se hace largo, las piernas empiezan a sufrir, los primeros días no estás acostumbrado a caminar tanto, pero bueno, ya partimos, ahora simplemente caminamos y esperamos no estar llenos de ampollas al terminar la primera etapa. A lo lejos se ve nuestro destino, ya son alrededor de las 13.00 hrs. Llegamos a una zona de camping con una cancha de fútbol y una piscina gigante. ¡Aquí alojaremos!
Por ahora, hay un grupo que tiene que descargar el camión, el resto saca sus platos y cubiertos para almorzar, luego tienen que armar las carpas. Sentado en el pasto, siento que las piernas no resp
onden, están fatigadas y me pregunto ¿podré terminar esto?, estamos tan sólo en el primer día. La gente empieza a caer muerta de cansancio, se quedan dormidos en todos lados, otros aprovechan para instalar las carpas. En eso nos dicen que podremos usar la piscina, hay gran alegría en el ambiente.
A las 18:00, nos reunimos nuevamente para escuchar un testimonio sobre algún tema, a continuación celebramos juntos la Misa en medio de una cancha de fútbol, rápidamente comemos y por último tenemos la oración de la noche, un momento de encuentro con el Santísimo que nos visitará todos los días. Al terminar la oración, nos vamos todos a dormir, sabiendo que la levantada al día siguiente es muy temprano.
Así se van repitiendo los días, algunos muy metidos en la ruta, sin ninguna curva, simplemente caminamos por la pampa, otros días nos invitan a internarnos en el Parque Nacional Villavicencio, con una subida que nos deja agotados, pero la belleza del paisaje ayuda a sostener el espíritu y nos regala nuevas fuerzas. Los primeros 3 días fueron los más intensos físicamente, luego de eso ya nos acostumbramos al tramo largo, a drenar las ampollas, a ponernos una venda en las rodillas o tobillos, etc. ¡Simplemente a caminar!
Nos vamos adentrando en la montaña, cada vez se ve más cerca el macizo de Los Andes, hemos acampado en las minas de Paramillo, Uspallata, Picheuta, Punta de Vacas, Puente del Inca y Las Cuevas por el lado argentino. En algunos lugares es necesario instalar carpas, en otros dormimos en barracas. Cada día tiene su propio afán, los dolores del primer día no son los mismos que el último. Hemos caminado un montón, hemos conocido mucha gente de otras nacionalidades, hemos tenido que superarnos con la voluntad para poder ponernos en camino sin quedarnos atrás. Estamos vivos y hay que seguir, no hay tiempo para otra cosa.
Hasta que llegamos al Cristo Redentor, que nos recibe apuntando al cielo con una mano y con la otra sosteniendo la cruz, yo pienso que Él carga mi cruz, la mayor de ellas es el temor por lo que se viene, porque desde el Cristo en adelante le toca a Chile, ahora somos los curas, seminaristas y universitarios chilenos los que tenemos que trabajar para que todo salga bien. Eso genera un poco de temor, pero bueno, no hay tiempo para tanta reflexión, simplemente hay que bajar del Cristo, esperar a Carabineros en la ruta, cruzar la aduana y llegar al cuartel del Ejército Portillo, donde dormiremos con colchones y tendremos una cocina grande para preparar nuestros alimentos. Aquí se acaban las carpas, pero nos toca cocinar.
Luego de 3 días alojados en un cuartel, una escuela y un destacamento del Ejército, empiezan las paradas en lugares religiosos. Paramos en Santa Teresita de Los Andes, Chacabuco, el Santuario de Colina, la Parroquia de Carrascal junto al Santuario de Nuevo Belén, el Santuario del Padre Hurtado y por último nuestro destino, el Santuario de Bellavista, lugar de la Misión.
En Chile hemos necesitado escolta de Carabineros y caminamos la mayor parte del tiempo por la berma de las rutas. Un día recorrimos 39 kms., pero nada de eso importa: el corazón ha ascendido, somos capaces de cualquier cosa, no tenemos miedo y hemos sido testigos de que Dios y la Mater se han preocupado de cada detalle, a través de personas concretas que nos acogieron en el camino, nos regalaron una buena comida, nos abrieron las puertas de sus casas, nos llevaron helados, nos compraron pizzas e incluso nos hicieron una fiesta la última noche en Carrascal. Las muestras de amor también se ven al interior: los grupos de limpieza, de desayuno, de carga y descarga están más afiatados, y cuando alguien dice que tenemos que levantarnos más temprano, simplemente aplauden. Es la alegría de saber que hemos logrado una hazaña, que no podríamos haberla hecho solos y que se la entregamos a María con el corazón lleno.
“Volví a mi casa entendiendo que mi fragilidad abre camino a la fortaleza”
Manuel Montero / Curicó
Yo pienso en la cruzada y me encuentro nuevamente en calma. Una bien especial, la cual se aleja a toda experiencia anterior de tranquilidad que he vivido. Es una calma que va más allá de la que uno puede llegar a sentir en situaciones de comodidad física como lo podría ser acostarte en tu cama luego de un largo día. Es innegable lo rico que se siente, pero con certeza les digo que la sensación más agradable de todas es aquella en la que te despojas completamente en los brazos de Dios y comienzas a moverte con el corazón realmente conectado.
La cruzada consistió en tres grandes partes. La subida, la llegada al Cristo y la bajada. En mi caso, mi subida estuvo marcada la mayoría del tiempo por el silencio y la fragilidad.
Para contextualizar, siempre al inicio de nuestra caminata comenzábamos el primer tramo (promedio de 1 hora y 20 minutos de duración) en silencio. La sensación de caminar con 130 personas de esta manera me era bien extraña al principio porque a pesar de ser alguien relativamente silencioso y meditativo, ese silencio compartido nunca lo había experimentado. Gracias a este ejercicio mi silencio dejó de ser uno asociado a la soledad, sino que tenía propósito. Hablar con Dios, compartir realmente tu oración con Jesús, una oración que te permite podar tus pensamientos de todo aquello asociado a los miedos y vergüenza. No vuelves con la mente en blanco, los pensamientos siguen yendo y viniendo. Pero son sanos, fluyen y no te consumen.
Junto con el silencio viene la contemplación y la contemplación le abre puertas, sobre todo junto a la inmensidad de la cordillera, a la fragilidad.
Yo llegué a la cruzada con la creencia de que la fragilidad era algo mediocre, asociado a la debilidad y volví a mi casa con una mirada distinta. La fragilidad como una de las cualidades más lindas de la vida. Entender que mis límites son aprendizajes, que no hay razón alguna por la cual sentirse sobrepasado por no tenerlo todo controlado en la vida. Porque mantener todo en control no es labor tuya, es labor del de arriba. Me conviene mil veces más ser instrumento y confiarle todo, hasta aquellos problemas que podrían sonar muy ridículos para otros.
Volví a mi casa entendiendo que mi fragilidad abre camino a la fortaleza. Y que mis debilidades ya no representan dudas, cuestionamientos o temores porque hoy habita en mí la certeza que Dios está a cargo.
Con la llegada al Cristo Redentor sentí cómo todo lo vivido se iba implantando en el corazón. Que la llegada a la cima era estar más cerca del cielo, siendo un espacio donde uno puede volver mediante la oración las veces que sea necesario. Además, esto marcaba la mitad de nuestro tramo y para los chilenos algo muy bonito en particular; la llegada al hogar.
Finalmente comenzaba nuestro descenso dejando atrás la paz ofrecida por la montaña y entrando con mucha fuerza el ruido de la urbe. Del silencio interior logrado en la primera parte, al silencio impuesto por la majestuosidad de la cordillera, ahora volvíamos a la familiaridad del ruido y sin embargo la paz del alma cultivada a lo largo de esta experiencia permanecía inerte.
Venía derrotado físicamente, por supuesto, y las ganas de llegar a mi casa, ver a mis seres queridos y compartir todo lo que había vivido eran tremendas. Ese compartir se fue dando gracias al grato recibimiento de las familias en los tres santuarios que nos esperaban: Colina, Nueva Belén y el destino final: Bellavista, dando espacio para la emoción, la gratitud y el reencuentro. En la medida que pasaban los días era más lúcido de lo que este peregrinaje me regalaba y que sería cimiento para la cruzada más importante; la de la vida diaria. Cultivando aquello a lo que el Padre Kentenich nos invita; “Hacer de lo ordinario algo extraordinario”.
Realmente es una hermosa experiencia y quién sienta el llamado que no tenga miedo a decir que sí. Es normal sentir incertidumbre, pero tómenlo como uno de esos “Si” que Dios quiere que le digamos y que nos abre a todo lo que Él nos tiene preparado más allá de lo que uno se imagina.