
Artemis y el camino a Marte
Artemis. camino a marte
Por P. Hugo Tagle
Ya va un mes desde el lanzamiento del Artemis II, el nuevo viaje tripulado a la Luna después de casi 50 años, y el de mayor alcance hasta ahora. Si bien resultó muy bien, un pequeño desperfecto hizo noticia. No fue algún fallo en sus sofisticados computadores ni en sus complejos sistemas de monitoreo o de oxigenación. Tampoco en el instrumental científico. Fue el inodoro.
Esa simple y curiosa anécdota esconde una verdad tan simple como contundente: por más impresionantes que sean los avances tecnológicos, el ser humano sigue siendo… humano. Incluso en una misión que busca abrir el camino para un regreso sostenido a la Luna y, eventualmente, a Marte, las necesidades básicas no desaparecen. Dormir, comer, cuidar el cuerpo. La vida mantiene su ritmo. También en el espacio.
Había un plan B –recurrir a “las bolsitas” de las antiguas misiones Apolo–, pero el problema finalmente fue resuelto. Y lo solucionó la mujer astronauta. Recordamos a Marta en el Evangelio: mientras María permanece absorta escuchando al Señor, Marta recuerda que hay asuntos concretos que requieren atención. No se trata de una oposición entre lo alto y lo bajo, sino de una integración. Cuando se tiene la mirada puesta en las estrellas, no se puede descuidar el suelo bajo los pies.
La exploración espacial no elimina nuestra fragilidad; la pone en evidencia y la incorpora. Los astronautas deben ejercitarse diariamente para evitar la pérdida de masa muscular y seguir un régimen estricto de sueño y alimentación. Alcanzar las estrellas no dispensa del realismo; lo exige aún más. Porque cuanto más alto quiere llegar el ser humano, más necesita recordar quién es.
Son muchas las lecciones que dejó esta corta pero intensa travesía espacial. Por de pronto, como todo lo valioso en la vida: disciplina, trabajo en equipo, serenidad, sangre fría.
Pero la técnica y la ciencia probadas en Artemis revelaron también su dimensión espiritual.
Uno de los astronautas, Víctor Glover, abiertamente cristiano, fue consultado por la prensa si tenía algún mensaje antes de la Pascua que les tocó vivir camino a nuestro satélite natural. Glover, quien llevó una Biblia al espacio, señaló: “Cuando leo la Sagrada Escritura y veo todas las cosas maravillosas que fueron hechas para nosotros, tienes este lugar asombroso, esta nave espacial”, refiriéndose al planeta. La imagen es potente: la Tierra como nave común, frágil y compartida.
O el bautizo de los nuevos cráteres lunares, hasta ahora ocultos al ojo humano. A uno lo llamaron “Integridad”, evocando el espíritu de la nave; a otro, “Carroll”, en honor a la esposa del comandante Wiseman, fallecida de cáncer en 2020. En medio del silencio cósmico emergen las mismas realidades que nos acompañan en la Tierra: esperanza, duelo, alegría, memoria, fe.
Han pasado más de cincuenta años desde la última misión tripulada a la Luna. Ahora, el calendario prevé vuelos regulares y la instalación de una base lunar hacia 2028, como antesala de un viaje a Marte. Este último sería un trayecto de hasta nueve meses y, a diferencia de la Luna, el retorno desde Marte sigue siendo técnicamente complejo. Quienes se arriesguen en esta travesía –ya hay una lista de más de mil voluntarios, una chilena entre ellos– saben que quizá no vuelvan.
El proyecto Artemis II fue un pequeño bálsamo de esperanza y sano optimismo en medio de tanto conflicto e incertidumbre. Estos monumentales esfuerzos técnicos deben animarnos a no dejarnos vencer por la desesperanza y a mirar el futuro con confianza y valentía.
Cuando la humanidad explora otros mundos, lleva consigo lo esencial: nuestra grandeza, pero también nuestra vulnerabilidad. Lo humano y lo divino.