
El desierto en flor
Por: P. Gonzalo Illanes
Llegó octubre y mi corazón se puso a tono con el mes de Alianza de la mano de un milagro. Uno más, en realidad. Porque estamos rodeados de ellos, porque por todos lados nos visita el Dios de la vida. Pero este me llevó más lejos y me dejó en el alma algo del silencio y de los colores de María.
Hace un par de semanas tuve el regalo de visitar a la familia de Schoenstatt del norte: Copiapó, Vallenar y La Serena. Comunidades llenas de alegría, con una fidelidad que conmueve. Y en medio de esa visita pude recorrer los Llanos de Challe y el Parque Nacional Desierto Florido.
He visto mucho desierto en mi vida, y me sigue fascinando. Es cierto que conozco mejor las tierras de Tarapacá, pero también había recorrido en otras oportunidades estas latitudes de cerros gastados por el viento y la insistencia del sol: silencio, paz, hondura y eternidad. Palabras vivas del Señor en el alma.
Pero esta vez fue distinto.
Las laderas estaban tapizadas de verde. Las patas de guanaco teñían de fucsia cerros enteros; las añañucas y los suspiros asomaban entre las piedras. Me bajé del auto muchas veces. Saqué demasiadas fotos. Y en un momento, me quedé quieto, contemplando.

Porque allí, bajo esa tierra acostumbrada a la aridez y al rigor, la vida simplemente había estado dormida. Las mismas lluvias que este invierno tanto dolor trajeron a Atacama regaron también esa espera, y el sol de siempre, ese que nunca falta en el norte, hizo el resto.

¿No es así también lo que la Alianza ha hecho en nuestro corazón? ¿No es esto lo que quiere volver a hacer día a día en nuestras vidas?
La vida está allí, sembrada. Es nuestro bautismo; es también el sello que llevamos en el alma como aliados de la Santísima Virgen. Y así, también nosotros, muchas veces hemos caminado bajo un sol abrasador, con el corazón reseco y la sensación de que nada brota. Pero María nunca ha dejado de regar y fecundar nuestra historia. A veces con una lluvia inesperada, que llena nuestras fuentes, pero que puede traer consigo incluso algo de dolor. Otras veces con la luz fiel de cada día. Siempre de fondo, ternura y bondad.
Ahora, mes de Alianza, toca que el corazón vuelva a florecer. Toca vestirlo de fiesta con el amor a María. Toca que la Alianza viva.

Y una flor no florece para sí misma. El desierto florido no se guarda: se regala a todo el que pasa. Así también nosotros estamos llamados a repartir por todas partes estos colores y paisajes que vienen de lo alto, que nacen del Santuario. En la casa, en el trabajo, en la comunidad. En ese rincón árido donde alguien todavía espera su primera lluvia.
Este 18 de octubre, al renovar nuestra Alianza, pidámosle a la Mater que haga florecer nuestro propio desierto. El norte de Chile ya vistió de fiesta, que florezca también nuestra vida. ¡Que viva tu Alianza!