
Fecundidad del dirigente
¿DÓNDE NACE LA FECUNDIDAD DEL DIRIGENTE?
Por Hna. María Montserrat Osés
En un tiempo en que el liderazgo suele medirse por los resultados, los números o la capacidad de movilizar personas, la Jornada Nacional de Dirigentes nos invitó a volver a una pregunta mucho más profunda: ¿de dónde nace la verdadera fecundidad de un dirigente schoenstattiano?
La respuesta no parece evidente. Podríamos pensar que un buen dirigente es quien posee más experiencia, mejores herramientas o una mayor capacidad para conducir personas. Sin embargo, el padre Kentenich dirige nuestra mirada hacia un fundamento completamente distinto. Él no comienza preguntando por las capacidades del dirigente, sino por su unión con Cristo.
En una de sus conferencias afirma con fuerza: “El educador que actúa separado de Cristo sólo tiene un poder educativo muy insignificante… Una palabra que se dice desde el contacto interior y permanente con el Señor actúa infinitamente más que otras palabras –aunque fueran libros enteros– que se dicen sin el vínculo personal con esta fuerza divina”.
Estas palabras resultan especialmente iluminadoras para quienes ejercemos algún servicio dentro del Movimiento. Con frecuencia experimentamos el peso de las responsabilidades, la falta de tiempo, la dificultad para convocar, el cansancio o la sensación de no estar suficientemente preparados. Sin quererlo, terminamos creyendo que la fecundidad depende casi exclusivamente de nosotros.
Pero el padre Kentenich invierte esa lógica.
La primera tarea del dirigente no consiste en hacer más, sino en permanecer más profundamente unido al Señor. No porque la preparación o las herramientas carezcan de valor, sino porque ninguna de ellas puede sustituir aquello que constituye el alma de toda misión: la acción de Dios en un instrumento disponible, así como fue María. Lo primero es entonces, nuestro vínculo con Dios, nuestra Alianza de Amor con María.
Por eso resulta tan significativa otra afirmación de nuestro Fundador: “Nos impulsa la consigna: Contigo todo; nada sin Ti… Hemos sido elegidos; por eso también recibimos la gracia”.
¡Qué distinta es esta mirada! El punto de partida no es nuestra suficiencia, sino la elección. Antes de preguntarnos si seremos capaces, recordamos que hemos sido llamados. Y quien llama, sostiene. La gracia no es la recompensa al esfuerzo; es el don que hace posible la misión.
Esta certeza libera al dirigente de una carga que muchas veces lleva sobre sus hombros: la ilusión de que todo depende de él. La Alianza de Amor nos recuerda, una y otra vez, que somos instrumentos. Instrumentos llamados a colaborar con María, sabiendo que Ella siempre llega más lejos de lo que alcanzan nuestras fuerzas.
Y esa unión con Ella y con Cristo no permanece encerrada en la intimidad del corazón. Se traduce necesariamente en una manera concreta de relacionarse con las personas que nos son confiadas.
El padre Kentenich lo expresa con una frase de extraordinaria belleza: “El Señor me participa algo de su amor de jefe”.
No dice solamente que debamos imitar a Cristo. Afirma algo mucho más profundo: Cristo quiere comunicarnos su propia manera de amar.
Ese amor tiene un estilo muy definido. Es un amor que busca el bien del otro antes que el propio, que sabe servir antes que dominar, que acompaña con paciencia, que se sacrifica y que confía en las posibilidades de cada persona. En definitiva, es el mismo amor con que Jesús formó a sus discípulos.
Desde esta perspectiva cambia también la comprensión de la autoridad. El dirigente no está llamado a formar personas dependientes de él, sino hombres y mujeres capaces de responder personalmente a Dios.
Por eso el padre Kentenich nos plantea el siguiente examen de conciencia: “Esta es la pregunta decisiva: ¿eduqué personas autónomas que sean capaces de hacer, con valentía, su propio camino?”.
Quizá éste sea uno de los criterios más exigentes para evaluar nuestro servicio. No cuántas actividades organizamos, ni cuántas personas participaron en ellas, sino si quienes Dios ha puesto a nuestro lado van creciendo en libertad interior, en responsabilidad y en capacidad de asumir su propia misión.
Cuando esto sucede, el dirigente deja de buscar protagonismo. Comprende que su tarea consiste en encender otros fuegos. Su mayor alegría es descubrir que aquellos a quienes acompañó ya pueden caminar con paso propio, sostenidos por la misma Alianza que un día transformó su propia vida.
La Jornada Nacional de Dirigentes nos recordó que el dirigente schoenstattiano arde por un gran ideal, conoce el mundo al que ha sido enviado y vive dispuesto a servir. Demos ahora un paso más y preguntémonos por la fuente de la que brotan esas actitudes.
La respuesta siempre será la misma.
La fecundidad del dirigente no nace de sus talentos, sino de su unión con Cristo; no de su protagonismo, sino de su disponibilidad; no de la confianza en sí mismo, sino de la certeza de que María actúa en quienes viven su Alianza de Amor.
Avivemos entonces, una y otra vez en el Santuario, el fuego que brota de nuestra Alianza con María, porque solo un corazón encendido puede encender otros corazones. Entonces, de generación en generación, seguirá resonando nuestro lema: ¡Que viva tu Alianza!