
¿Qué tan amigos?
Por P. Hugo Tagle
Desde la pandemia, ha disminuido el consumo de vino a nivel mundial. Las generaciones Millennial y Z consumen menos alcohol en general, impulsadas por una mayor conciencia sobre la salud y un auge de las actividades al aire libre. Sin embargo, existe otra razón detrás de este fenómeno: hoy se socializa menos. El vino, en particular, siempre ha estado asociado a los encuentros distendidos, camaradería y asados; rituales que hoy pareciera van a la baja.
El aumento de la comunicación virtual, el exceso de pantallas, los videojuegos y los horarios laborales desestructurados redujeron los encuentros presenciales. A menor interacción personal, menor consumo de bebidas, entre ellas, el vino. Si bien la primera razón –el cuidado de la salud– es positiva, la segunda resulta preocupante: estamos perdiendo la reunión gratuita, la conversación “por que sí” con los amigos, con los pocos que van quedando.
En efecto, la última encuesta Bicentenario de la Universidad Católica de Chile reveló un dato alarmante: si bien la mayoría de los adultos afirma tener entre tres y cinco amigos cercanos, ha aumentado drásticamente la proporción de personas que declaran tener cero amigos o sentirse crónicamente solas. El resultado es triste: a menos amigos, más soledad. Asimismo, el porcentaje de personas con redes sociales amplias –diez o más amigos– se ha reducido de manera severa, mientras el tiempo disponible se enfoca de manera prioritaria en el trabajo y los proyectos personales.
No solo envejecemos como sociedad. También nos vamos quedando solos. Lo comunitario, la amistad desinteresada –no existe otra– disminuye peligrosamente. Si hace 10 años la edad media en el país era de 33 años, hoy se sitúa en los 38. A medida que se envejece –especialmente después de cruzar la barrera de los 30 años– las personas tienden a priorizar la calidad sobre la cantidad de amistades, reduciendo su círculo a vínculos verdaderamente significativos.
Vivimos en una época hiperconectada, dominada por la mensajería instantánea. Pero el sentimiento de soledad crece de manera sostenida. Queda en evidencia que nada suple el encuentro físico. Triste, pero la reunión sin una justificación utilitarista de “¿para qué nos juntamos?” parece haber desaparecido de nuestra cotidianidad.
Las grandes corporaciones invierten millones en talleres para fomentar el trabajo en equipo, la cohesión y confianza. Lo que antes nacía de forma natural, hoy debe forzarse a través de coffee meetings, eventos corporativos y dinámicas de integración. Las aplicaciones de citas han proliferado reemplazando a las antiguas “citas a ciegas” donde tantas parejas y amistades se conocieron en el pasado.
Frente a este escenario de “menos amigos”, las instituciones intermedias como centros de padres, clubes sociales y de manera muy especial, la Iglesia y los movimientos católicos, juegan un rol fundamental en la noble tarea de fomentar la buena amistad. A través de sus actividades ayudan a una mayor interacción social contribuyendo a una vida más plena, una sociedad más amistosa, de redes de apoyo sólidas y permanentes en el tiempo.
Los estadounidenses tienen su clásico coffee and donuts después de la misa dominical. Es hora de revitalizar esos sencillos pero efectivos caminos de encuentro humano. Y ahí, la Iglesia tiene una misión clave: fomentar, alimentar vínculos. La fe compartida es el más sólido y duradero nexo. La conexión humana es auténtica y sólida fuente de esperanza y caridad. Todo suma a la hora de volver a conversar cara a cara.