
Historia Hermanas de María
HISTORIA DE LAS HERMANAS DE MARÍA EN CHILE
Por Hermana M. Jimena Alliende
El Padre Kentenich impulsó la expansión de Schoenstatt en América Latina desde 1934, enviando Hermanas de María a Argentina, Brasil y Chile. El 10 de marzo de 1936, seis Hermanas –M. Georgia, M. Marlies, M. Betha, M. Friedeburg, M. Benita y M. Hildebertis– partieron de Hamburgo y llegaron el 26 de abril a Valparaíso, llevando un pequeño santuario de madera que hoy permanece en Ayinrehue. Convocadas por el obispo Alfredo Silva Santiago y el P. Adolfo Baldauf, se instalaron en Pueblo Nuevo (Temuco), con apoyo de los padres palotinos.
El Padre Kentenich les confió formar una comunidad con sello familiar y conciencia fundacional. En medio de la austeridad, sirvieron en la parroquia, la educación y la salud. Fundaron el Colegio Madre Admirable en Temuco y el Colegio Mariano en Santiago, trabajaron en Bellavista, y ofrecieron servicio en la Clínica Alemana de Temuco, la Fundación Mena de Valparaíso y la Clínica Santiago.
Sus escuelas consolidaron la pedagogía schoenstattiana y, junto a la comunidad educativa, ofrecieron Capital de Gracias para la primera piedra del Santuario de Bellavista en 1948. La comunidad creció con nuevos grupos en 1937 y 1938, más Hermanas alemanas tras la guerra, y desde 1941 con vocaciones chilenas, lo que permitió expandirse a otros lugares del país.
Entre 1947 y 1952, el Padre Kentenich visitó Chile en nueve ocasiones, consolidando el Movimiento mediante conferencias y encuentros con autoridades. En su primera visita de 1947, erigió la Provincia Cenáculo, nombró a la Hermana M. Luitgard y cuatro consejeras como nueva Dirección, con sede en Temuco.
En 1948, la Dirección se trasladó a Santiago, primero a Vicuña Mackenna y luego a la calle Manuel Montt, donde el Fundador se hospedó. Esta casa quedó ligada a los hitos de 1949: la bendición del Santuario de Bellavista (20 de mayo), la colocación de la célebre “carta sobre el altar” (31 de mayo) y la coronación de la Mater como Reina del Cenáculo (5 de junio).
Las Hermanas ampliaron su presencia: en Concepción (Protectora de la Infancia), en Valparaíso (Fundación Mena), y en Bellavista junto a la parroquia San Vicente de Paul, donde abrieron una escuela y más tarde colegio en la cercanía del santuario. Tres Hermanas trabajaron en el Seminario Pontificio, lo que permitió al Padre Kentenich influir en seminaristas que luego serían obispos, como Carlos Camus, José Manuel Santos y Manuel Sánchez.
A través de la Hermana M. Marlies y la Hermana M. Aloysa, se impulsó la fundación del Movimiento en Valparaíso y Santiago, fortaleciendo la juventud femenina y los grupos de señoras, lo que consolidó la expansión del Schoenstatt chileno.
En los años cincuenta, la comunidad vivió un tiempo de contrastes entre dolor y fecundidad. En 1951, el Padre Kentenich permaneció varias semanas en Chile para impartir un retiro a los padres palotinos en Bellavista, apoyado por las Hermanas que cedieron sus habitaciones y atendieron con entusiasmo. En 1952, durante su última visita antes del exilio en Milwaukee, destacó la relación de las Hermanas con los jóvenes y el 20 de junio se despidió en la portería de la casa provincial, con un “Nos cum prole pia…” exhortándolas a concentrarse en lo ocurrido el 31 de mayo.
El exilio del Padre generó un dolor fecundo que se transformó en abundante Capital de Gracias, visible en la llegada de nuevas misioneras, el crecimiento de la casa provincial y la ampliación de infraestructura. En medio de la crisis de unidad en Bellavista, surgió un despertar vocacional sostenido desde 1955, con la juventud femenina. Las Hermanas siendo novicias se integraron al trabajo con la juventud. En este proceso destacó la Hermana María Eugenia Silva, primera asesora chilena, cuyo aporte consolidó la misión en el país.
La comunidad fue también testigo de un momento histórico: la Nochebuena de 1960, cuando el recién ordenado P. Humberto Anwandter colocó la Cruz de la Unidad en el altar del Santuario Cenáculo de Bellavista, vivido como un verdadero milagro de Navidad y signo de esperanza. En los años sesenta, la comunidad vivió una refundación marcada por confianza renovada y el impulso de la juventud femenina, sostenida por las Hermanas chilenas más jóvenes -como la Hermana Margarita- y la Hermana M. Marlies. La celebración nacional de los 50 años de Schoenstatt en 1964 reflejó la expansión hacia Valparaíso, Temuco y Concepción.
Entre los hechos más significativos estuvieron la separación de los palotinos, la muerte de Mario Hiriart, el incendio en la casa de los Moller que llevó a acoger a María Teresa bajo el cuidado de la Hermana Ida María, superiora de la casa provincial y el inicio de la adoración eucarística dirigida por la Hermana M. Cecilia.
La Hermana M. Luitgard desempeñó un papel clave en la liberación del Padre Kentenich en 1965. En 1967 fue elegida consejera general y sucedida en Chile por la Hermana M. Brunita. El momento decisivo de este decenio llegó con la muerte del Fundador en 1968, que impulsó creatividad en canciones, símbolos y unidad comunitaria.
En 1969, la visita de la Hermana M. Emanuele, Superiora General, consolidó el vínculo con el Padre. Ese mismo año se erigió la organización interna de la Asistencia Dinámica bajo la responsabilidad de la Hermana M. Isberga, con la casa de Bustos como centro vital. Surgió también el primer Informativo de Schoenstatt en Chile, impulsado por la Hermana María Loreto, origen de la Editorial Schoenstatt en Bellavista.
Paralelamente, el Colegio Mariano se trasladó a la calle Holanda; se desarrolló un apostolado social en la Escuela Técnica de Bellavista; la Hermana M. Herta inició servicio en la penitenciaría y dos Hermanas enfermeras asumieron la dirección de la Escuela de Enfermería de Cáritas Chile, ampliando la misión y reflejando la confianza de la Iglesia en ellas.
La década del setenta fue de gran fecundidad para la comunidad, marcada por la construcción y bendición de la Iglesia del Espíritu Santo, el fortalecimiento de la pastoral de peregrinos y la multiplicación de nuevos santuarios. Las vocaciones crecieron sin pausa y la Provincia mostró madurez laical con una central de asesores cohesionada. En 1974, la celebración de los 25 años de la misión del 31 de Mayo se vivió bajo el lema “Schoenstatt, corazón de la Iglesia”.
La cuestión social se hizo urgente: la Hermana M. Friedlena y la Hermana M. Cristífera levantaron un comedor infantil que dio origen al actual complejo de asistencia social en El Peñón. La Hermana M. Adelfonsis fundó otra obra en Santa Julia, hoy el Hogar de María, que acoge a personas en situación de calle y migrantes.
En la Iglesia diocesana, la Hermana M. Loreto Guzmán impulsó la catequesis familiar tras el Concilio y Medellín. Las Hermanas participaron en los inicios de CONIS y en la pastoral del templo de Maipú, donde destacó la Hermana M. Bernardita, una de las primeras chilenas.
En los años ochenta, la Comunidad de las Hermanas de María en Chile se consolidó como fuerza organizativa dedicada al Movimiento. Bajo la dirección de la Hermana M. Antonieta y la consejera Hermana M. Carmen, se estructuraron áreas específicas —juventud, señoras y familias— con formación sistemática inspirada en el carisma del Fundador. Se habló de una “nueva concepción de la Liga”, más accesible y centrada en la alianza.
Tras el impulso de las décadas previas, los años noventa recibieron nueva vitalidad. Pasado el año 2000, la Provincia se enfocó en el afiatamiento interno, aunque con menor dinamismo por la escasez de vocaciones. En 2020, el cuestionamiento sobre la honorabilidad del Padre Kentenich golpeó duramente a la Familia de las Hermanas y a la Provincia Cenáculo, generando una crisis profunda en el Movimiento en Chile. Sin embargo, este proceso cohesionó a la comunidad mundial y abrió un camino de mayor humildad y maduración, sin perder la conciencia de misión.
Este relato quiere culminar con las palabras del Fundador a las Hermanas: “Las he enviado como herederas de un gran pasado, como portadoras de un gran presente, pero también como constructoras de un gran futuro”.




