
La Alianza y nuestra patria
Por P. Gonzalo Illanes
Hay algo que septiembre nos hace a todos los chilenos. Ni bien cambiamos la hoja del calendario y el corazón se nos renueva en patriotismo. Todo el país se pone en modo “orgullo nacional”: se llenan de banderas mástiles, balcones y ventanas; los colegios, supermercados, y hasta el más humilde negocito, todos se visten con los colores y símbolos patrios; y por todas partes, el ambiente se llena de cuecas y tonadas tradicionales que se toman la radios y hasta las listas de Spotify.
Este año, además de nuestro tradicional día 18 de fiestas patrias –¡día de Alianza también!–, el calendario nos regala un par de cruces que vale la pena mirar con calma: el 5 de septiembre celebramos aquí en nuestro país a las Hermanas de María en su Centenario: un grupo de jóvenes que en 1926 se jugaron por entero, sin garantías humanas pero con un corazón convencido de estar siguiendo el plan de Dios; y también en septiembre, recordamos con cariño un año más de la partida de nuestro padre fundador. Y para sumarle un poquito más de color a este tiempo, tenemos el inicio de la primavera y también el día de oración por Chile el domingo 27.
Todas fechas distintas, pero todas traspasadas por la historia de personas que se jugaron por un lugar y por una misión; por personas que se siguen jugando por una historia que permanece abierta y en constante construcción.
Con todo esto, nuestra convicción como Familia de Schoenstatt no se altera en septiembre sino que se aterriza con nuevos matices y colores: el llamado es a seguir llevando con alegría y humildad el tesoro de la Alianza en lo alto del corazón, y al mismo tiempo, en jugárnosla por hacerla vida acá, en este Chile nuestro y no en un país ideal y perfecto que no existe. Este es nuestro terruño, este es el lugar para desplegar todas las fuerzas de nuestro corazón. Y además, el llamado a revitalizar nuestra Alianza en el mes de la patria no puede quedarse en un sentimiento de fin de semana largo. Es también una oportunidad para preguntarnos por desafíos de largo aliento: ¿qué le estamos aportando al país y a la sociedad?
Y no quisiera dejar fuera un desafío que ya no podemos mirar de lejos. Ni siquiera en septiembre, aunque los anticuchos, empanadas y panoramas varios nos traten de sacar de foco. En su primera encíclica, Magnifica humanitas, el Papa León XIV nos pone frente a la inteligencia artificial con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué es lo propiamente humano? Las máquinas calculan, imitan, responden con una fluidez que impresiona. Pero no aman, no sufren, no maduran en una relación, no cargan con las consecuencias de nada. ¡Nosotros sí! Y me atrevo a decir que pocas cosas son tan radicalmente humanas como una Alianza de amor con la Santísima Virgen: un vínculo libre, gratuito, que compromete el corazón entero y que ninguna máquina puede sostener.
Hoy más que nunca, encarnar la Alianza y hacerla vida, significa defender con fuerzas lo verdaderamente humano: el mirarse a los ojos, el tiempo compartido, el vínculo real. Por eso en este mes de la patria los invito a que la bandera, la cueca y empanada vengan acompañados de gestos concretos por llevar adelante esta cultura de la Alianza. El padre fundador insistía siempre en la fidelidad de las pequeñas cosas, y las Hermanas de María llevan 100 años demostrando en silencio que es posible consagrar la vida a ese gran amor y regalarlo a toda la sociedad.
Chile, país de poetas, necesitará siempre de versos y palabras impregnadas de bellezas que nos permitan dibujar con esperanza el tiempo que vendrá. Pero sobre todo, en este tiempo hiperconectado, curiosamente desbordado por una epidemia de soledad y aislamiento, nuestra patria necesita vínculos vivos. Vínculos humanos y vínculos trascendentes. Así es que en este Chile, con más fuerza que nunca decimos, ¡Que viva Chile, y que viva tu Alianza!