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Publicado: 17 de Julio de 2026

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Un siglo de expansión de las Hermanas de María

Hna M. Amparo Villouta

Hace pocas semanas, durante los primeros días de mayo, más de 450 Hermanas de María nos reunimos en Schoenstatt para celebrar el centenario de nuestra fundación. Fue una auténtica fiesta de familia, marcada por la gratitud por el camino recorrido, la alegría del encuentro y el envío hacia el futuro, con la confianza puesta en la guía segura del Espíritu Santo. Sí, fue una fiesta con todas sus letras. Y, además, una fiesta acentuadamente internacional, con Hermanas que representaban a los diversos países de los que provenimos y en los que servimos.

Hoy somos unas 1450 Hermanas de 42 naciones en 32 países de todos los continentes. Y al volver la mirada sobre nuestra historia de comunidad, no deja de sorprendernos la riqueza de su desarrollo a lo largo de este siglo. Resulta inevitable reconocer que no puede explicarse únicamente mediante parámetros humanos. Se trata de una historia de fe, audacia y profunda confianza en la Providencia; una historia que refleja con notable precisión aquella máxima que el P. Kentenich utilizaba para reconocer el sello divino de una obra: pequeñez de los instrumentos, magnitud de las dificultades y magnitud de la fecundidad.

¿Hacemos un recorrido?

El 1 de octubre de 1926, dieciocho mujeres llegaron a Schoenstatt. Las encabezaban Emilie Engel y Anna Pries. Traían poco equipaje, pero una decisión grande: entregar su vida a Dios y a la MTA, poniéndose enteramente al servicio de la naciente Obra de Schoenstatt. Nadie podía imaginar entonces que aquella pequeña semilla crecería en pocas décadas hasta echar raíces en los cinco continentes.

El desarrollo fue sorprendentemente rápido. El mismo año de la fundación se abrieron las primeras casas fuera de Schoenstatt. Un año después la comunidad contaba ya con 57 miembros y, en 1929, las primeras Hermanas fueron enviadas a Austria.

En 1933, mientras el nacionalsocialismo ascendía al poder y se oscurecía el horizonte político de Alemania, el P. Kentenich aceptó la petición de que siete Hermanas asumieran un campo de misión en Sudáfrica. La decisión respondía a una intuición: si la situación se agravaba en Europa, Schoenstatt debía tener la posibilidad de crecer y desarrollarse más allá de sus fronteras de origen.

En la ceremonia de envío, el P. Kentenich expresó: “Pensamos en lo arriesgado que es, desde el punto de vista humano, trasplantar a un mundo extraño ramas de una comunidad joven que, en toda su estructura, representa algo original y moderno (…)cuando apenas llevamos siete años de existencia. ¿Qué nos da el valor para atrevernos a dar este paso sin temor a la separación y la fragmentación? Es nuestra fe en Schoenstatt; es la fe en el vínculo local de la querida Madre de Dios, en su extraordinaria y profunda eficacia, en su amor en nuestro pequeño santuario”.

Cuando el barco zarpó de Róterdam, aquellas siete Hermanas dejaron atrás a sus familias, su patria y muchas seguridades. No las movía el afán de aventura, sino la certeza de una llamada. Creían que Dios las esperaba en aquella tierra lejana. Sin saberlo, estaban escribiendo el primer capítulo de la expansión internacional de la Obra de Schoenstatt.

La realidad que encontraron distaba mucho de cualquier idealización misionera. Allí no las esperaba un terreno fértil, sino un suelo duro y exigente. La pobreza, las barreras culturales, un clima desconocido, las dificultades del idioma y tantas otras limitaciones pusieron a prueba su entrega desde el primer momento.

Y, sin embargo, perseveraron sostenidas por la Alianza de Amor. Habían dejado Alemania, pero no habían perdido el hogar. Lo llevaban consigo: en su vínculo con el Santuario, con el fundador y con la comunidad naciente. Las animaba una convicción inquebrantable: ayudar a muchas personas a encontrar un hogar en el corazón de María y, desde allí, en el corazón mismo de la Santísima Trinidad.

Como fruto de este primer envío, en 1934 nació en la comunidad de las Hermanas la Rama de Adoración. Sus integrantes quisieron sostener la labor misionera mediante la oración y el sacrificio ofrecidos ante el Señor. Con el paso de los años, se hizo cada vez más evidente la fecundidad de esta providencial alianza entre las corrientes de misión y de adoración.

Entre 1935 y 1937 las Hermanas arriesgaron fundaciones en Brasil, Argentina, Chile y Uruguay. Ante el creciente deterioro de la situación política en Alemania, el fundador impulsó el envío de un mayor número de Hermanas al extranjero para consolidar allí la Obra, consciente de que su continuidad en Alemania podía verse seriamente amenazada.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, ya trabajaban 54 Hermanas en Sudáfrica, 34 en Brasil, 17 en Uruguay y 18 en Chile.

Entre 1940 y 1948 no fue posible realizar nuevos envíos de Hermanas. La guerra constituyó una dura prueba, no sólo para quienes permanecían en Europa, sino también para aquellas que ya se encontraban en otros continentes. Las comunicaciones quedaron interrumpidas y muchas de ellas vivieron prácticamente aisladas, sumidas en la incertidumbre sobre el destino del fundador y de la Obra.

Las escasas cartas que ocasionalmente lograban llegar a través de la Cruz Roja apenas aportaban algunas noticias y, debido a su estilo telegráfico, con frecuencia resultaban difíciles de comprender. A ello se sumaba la constante preocupación por sus familiares, por la Familia de Schoenstatt y por el P. Kentenich, recluido en el campo de concentración de Dachau.

Hacia el exterior, apenas podían hacer algo para el anuncio de Schoenstatt. Sin embargo, sucedieron en esos años acontecimientos de gran importancia para el posterior desarrollo internacional de nuestra comunidad.

La semilla comenzaba a echar raíces propias. En los países de fundación surgieron las primeras vocaciones locales. Al mismo tiempo, en Dachau el P. Kentenich comprendía cada vez con mayor claridad que Schoenstatt no sólo había nacido para Alemania, sino que con la fundación de “la Internacional”, la Obra estaba destinada a colaborar en la renovación del mundo entero. Asimismo, en 1943 surgió el primer Santuario filial fruto del anhelo y la perseverancia de las Hermanas en Nueva Helvecia, Uruguay.

Otro paso significativo se dio en 1941 con el inicio de los externados: Hermanas que, debido a su profesión o a su apostolado, viven solas en medio del mundo y hacen presente allí el espíritu de Schoenstatt.

Terminada la guerra, se abrió una nueva etapa de expansión. Surgieron fundaciones en Polonia, Checoeslovaquia, Estados Unidos y Australia. Entonces el P. Kentenich viajó personalmente a muchos lugares, alentando la construcción de santuarios y fortaleciendo a las jóvenes comunidades. Asimismo les compartió planes para el futuro: las experiencias y los conocimientos lingüísticos debían aprovecharse para realizar fundaciones en otros países. Animó así a las Hermanas de Sudáfrica a realizar nuevas fundaciones en otras zonas de habla inglesa; a las Hermanas de Chile y Argentina les encomendó la misión de llegar hasta los confines del ámbito cultural hispano; a las Hermanas de Brasil les encomendó el ámbito lingüístico y cultural portugués, así como Italia.

Incluso durante el tiempo del exilio del P. Kentenich, con las consecuencias que ello trajo para la comunidad de las Hermanas, la comunidad supo expandirse a España, Escocia, Inglaterra, Burundi, Francia y Roma. Poco antes de la muerte del fundador, comenzó también la fundación en Ecuador.

Con el paso del tiempo, la familia de las Hermanas pudo arriesgar nuevos comienzos en Puerto Rico, Portugal, México, República Dominicana, India, Filipinas, Paraguay, Kenia, Bielorrusia, Rusia, Croacia, Hungría, Vietnam, entre otros países. Poco a poco las vocaciones locales asumieron la herencia de las primeras misioneras para construir Schoenstatt como una verdadera familia internacional.

Ciertamente ésta no es una historia de expansión institucional, como quien expande su marca u organización. Contemplamos admiradas y agradecidas una historia de fidelidad a la Alianza. La fidelidad de Dios y de la MTA y la fidelidad de muchas Hermanas. Una expansión que no ha sido fruto de estrategias, sino mucho más de ardiente conciencia de misión y confianza heroica en la conducción de Dios.

Y la misión sigue hoy. María, la Gran Misionera, sigue buscando corazones disponibles que, con Ella, escriban una nueva página de esta historia.

Por eso, nuestro primer agradecimiento se dirige a la Santísima Trinidad, que dio origen a nuestra comunidad y le confió una misión para nuestro tiempo. Queremos agradecer también a todas las Hermanas que se dejaron enviar allí donde Dios las necesitaba y entregaron su vida al servicio de la misión de Schoenstatt. Y extendemos igualmente nuestra gratitud a nuestros familiares, amigos y benefactores, cuyo apoyo hizo posible la labor de construcción y desarrollo de la comunidad en tantos países.

Confiamos en que la Santísima Trinidad y la Madre de Dios continúen acompañando a nuestra comunidad con su bendición, para que podamos seguir cumpliendo la misión que se nos ha confiado: desde Schoenstatt, ser María para el mundo de hoy.

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