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Crónica de un diluvio anunciado

Publicado: 16 de Agosto de 2026

CRÓNICA DE UN DILUVIO ANUNCIADO

Por P. Hugo Tagle

En el hemisferio norte, olas de calor extremo e implacables baten récords y amenazan la vida urbana. En el sur, regiones como Chile enfrentan el azote de grandes lluvias e inundaciones de dimensiones bíblicas. Ya no podemos hablar de anomalías distantes o eventos extraordinarios. Presenciamos las manifestaciones entrelazadas de un mismo desequilibrio planetario que altera la vida de millones.

Si bien aún se debate sobre la velocidad o el impacto real de la emergencia climática, la verdad es que hay que hacerse el ánimo y prepararse para eventos climáticos de esta naturaleza cada vez más agresivos. Es el momento en que los hechos remueven la conciencia para apostar por un cuidado auténtico del medio ambiente. No hay mundo de repuesto. A Marte quizá lleguemos, pero difícil mudarnos todos. Éste pequeño mundo seguirá siendo nuestro hogar por mucho tiempo. En esto de su cuidado, una especial responsabilidad la tenemos los creyentes. Para nosotros, la creación no es solo un don divino; es también el escenario concreto donde se pone a prueba nuestro compromiso de fe.

No se trata de percepciones abstractas: los signos de los tiempos son dolorosamente visibles en la geografía global. Ante esta paradoja de fuego y agua, la evidencia exige actuar con urgencia, ser previsores y adelantarse a lo que son ya calamidades de calendario fijo. Debemos anticiparnos. Ineludiblemente se repetirán año a año.

Como señaló el Papa Francisco en Laudato si: “Un consenso científicamente consolidado de expertos indica que somos testigos de un perturbante calentamiento del sistema climático. Varios estudios científicos indican que el calentamiento global en décadas recientes es debido a la gran concentración de gases de efecto invernadero y muchas de las actividades humanas”.

Ignorar esta afirmación o relegarla a un debate ideológico es dar la espalda a la verdad. La ciencia nos ofrece el diagnóstico preciso de la herida. La fe nos llama a crecer en responsabilidad ante el entorno y a hacernos cargo de él.

La Creación no es un depósito inagotable de recursos para el consumo desenfrenado. Es un bien confiado a nuestra custodia. Cuando la actividad humana descontrolada altera el delicado ciclo climático, la injusticia se hace evidente: son las comunidades más vulnerables –quienes menos han contribuido a la emisión de gases contaminantes– las que sufren primero y con mayor severidad los embates de la naturaleza desatada.

Nos encontramos sí, ante una situación privilegiada: los adelantos técnicos permiten predecir desastres ecológicos con alta precisión. Falta sí, la previsión y agilidad para tomar medidas más rápidas y efectivas.

Los signos de esta crisis ecológica exigen una conversión personal y comunitaria. Cuidar la casa común no es una opción secundaria. Es una expresión concreta de amor al prójimo y de responsabilidad hacia las generaciones futuras. Significa, como lo señala la misma encíclica, revisar nuestros estilos de vida, liberarnos de la cultura del descarte y promover una sobriedad que vuelva a poner lo humano y la vida en el centro. La fe nos ayuda a abordar este desafío con esperanza, compromiso y nos mueve a la acción.

Todo gesto cuenta. Desde la previsión ante próximas catástrofes, hasta el ahorro cotidiano de energía y agua o el reciclaje de residuos. Modificar nuestros hábitos personales y familiares de consumo, así como la protección de bosques, parques, ríos y mares, aportará ese grano de arena indispensable que esta emergencia requiere.

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